Qué país (se) nos va quedando

 

No sabría yo decirles si la pregunta es retórica o no. Tomo prestado el título de un comentario en una red social, como podría hacerlo del bar, del salón de casa o del aula.  En cualquier caso, uno desea conferirles a estas palabras un ánimo constructivo, un cierto grado de análisis, de crítica y autocrítica. No pocos medios de comunicación se han deslingado de estos términos, o los han desvirtuado. Vamos a ver qué podemos hacer.

Que los países (se) nos vienen quedando de esta o aquella manera viene, valga la redundancia, de antiguo. En 1978, Claus Peymann se encontraba al frente del Württembergisches Staatstheater de Stuttgart, donde se representaban a menudo obras de clásicos como Shakespeare o Goethe, así como de contemporáneos como Bernhard, amigo personal del director. En aquellos años era pública la enemistad que había entre Peymann y el entonces presidente del Gobierno estatal de Baden-Wurtemberg, Hans Filbinger, elegido en 1966 por la Unión Demócrata Cristiana, el partido de la hoy canciller Ángela Merkel. Filbinger acusaba a Peymann poco menos que de simpatizar con terroristas de izquierda —en 2008 dio trabajo en el teatro a Christian Klar, recién salido de prisión tras cumplir una pena de 26 años por su participación en el asesinato de nueve personas, entre ellas Jürgen Ponto o Siegfried Buback, como miembro del RAF. A quien no sepa de estos atentados, recomiendo que echen un vistazo para saber qué hacían estos chavales revolucionarios—; por otra parte, Peymann tachaba a Filbinger poco menos que de nazi. Se apoyaba el director teatral en las informaciones de varios miembros de los Jungdemokraten —las juventudes del Partido Democrático Libre— que aseguraban que Filbinger había administrado la justicia del NSDAP durante la guerra, desde su puesto como juez de la Kriegsmarine, y que no dejó de hacerlo incluso tras finalizar la contienda.

¿Cómo podía ser esto posible? En un proceso anterior para dirimir las posibles responsabilidades de Filbinger durante la guerra, un tribunal de Stuttgart lo describía como un “enemigo declarado y activo del régimen nacionalsocialista, capaz de poner en riesgo su propia vida al usar su puesto como juez de la Marina con el fin de paralizar sentencias de muerte durante la guerra”. Para los tribunales, Filbinger era inocente; para su partido, un más que posible candidato a las elecciones a la RFA. Contó con el respaldo de compañeros de la política, y los medios apenas se hicieron eco de las informaciones que tomaban su palabra como falsa e impostada. Sin embargo, la aparición de numerosos informes relacionados con el Holocausto colocaban a Filbinger en una situación más que delicada: así, no tardaron en salir a la luz los contenidos de cuatro sentencias de muerte que firmó haciendo uso de su puesto, entre ellas la de Walter Gröger, un oficial de la Marina que marchó a casa de una enfermera noruega después de una fiesta. Tras ser capturados por la Gestapo, el oficial fue sentenciado a nueve años de prisión por realizar preparativos encaminados a desertar, mientras que Lindgren, la enfermera, fue condenada a cadena perpetua. Filbinger modificó el resultado de la sentencia por la pena capital para el joven Gröger; será ajusticiado por un pelotón de fusilamiento el 16 de marzo de 1945 que el propio Filbinger supervisará; mes y medio más tarde, Alemania capitulará.

La carrera de Filbinger no resistirá la revelación de la mentira. La persona que pretendió la destitución de Peymann al frente del Teatro de Stuttgart terminará el año 1978 renunciando a su cargo como Gobernador del Estado, especialmente tras pronunciar una frase demoledora al ser preguntado por su pasado: “lo que entonces era legal no puede ahora dejar de serlo”. Sin embargo, gozará toda su vida de cierto prestigio y disfrutará de una cuantiosa fortuna. Tras su muerte en 2007, el primer ministro del Estado federado de Baden-Wurtemberg y actual comisario europeo de programación financiera y presupuestos, Günther Oettinger, dijo de él que no era más que otra víctima de un régimen nacionalsocialista en el que nunca tomó parte activa. A fin de cuentas, a principios de la década de los noventa salieron a la luz informes de la Stasi que señalaban a Filbinger como objetivo de una campaña de difamación. Sin embargo, ¿cómo se considera Oettinger capaz de revisar la historia de esta manera?

Al menos dos obras alemanas toman la figura de Filbinger como referencia: una, que no he leído, es Los juristas, de Rolf Hochhuth. En una aparición de televisión, Hochhuth describió a Filbinger como un juez implacable con simpatías por el partido nazi, graves acusaciones por las que será demandado: el juicio servirá para lanzar la carrera de Hochhuth y para hundir a un Filbinger parco en explicaciones sobre su pasado, y oscuro en cuanto a sus simpatías personales. Otra obra es Ante la jubilación, de Thomas Bernhard, que lleva por subtítulo “Una comedia del alma alemana”. Su traductor en España, Miguel Sáenz, dice de ella: “sería un error pensar que se trata de una obra ‘de circunstancias’, un ejercicio de fustigación de jamelgos muertos o una simple provocación, una de tantas, de Thomas Bernhard”. Y añade, citando a Benjamin Heinrichs: “es su obra más complicada, más inquietante, mejor. Quien solo vea lo escandaloso en ella (las alusiones y los chistes políticos) habrá comprendido las agudezas, pero no la obra”. En el dramatis personae de la obra encontramos tan solo a Rudolf Höller, presidente de tribunal y exoficial de las SS, y a Clara y Vera, sus hermanas. La comedia de Bernhard alcanza su punto culminante en el tercer acto, con los tres personajes observando un álbum de fotografías de mujeres, judíos de Hungría, ucranianos:

VERA. Qué suerte que no estuvieras en Auschwitz.

RUDOLF. Así fueron las cosas / (señala la foto) / Ahí es donde los empujaban / y ahí los gaseaban / al principio solo a unos miles

VERA. A cuántos gasearon en Auschwitz

RUDOLF. A dos millones y medio / dijo Eichmann

VERA. Dos millones y medio

RUDOLF. Eichmann lo decía a ojo

En un momento de la obra, Vera pregunta: “Entonces, ¿tenemos de nuevo un Presidente / que fue Nacional Socialista?”. El lector alemán se acercaba a la obra con el escándalo de Filbinger en la cabeza. Ayer leía la sentencia Proceso Andreotti; hoy, sobre la adopción de medidas cautelares sobre Fariña, de Nacho Carretero, por lo que en él cuenta sobre un exalcalde. No he leído la obra, pero sé de sus buenas críticas, y procuro no perderme un artículo del autor desde sus escritos sobre Ruanda. Estoy seguro de que de su libro podrá decirse lo que de la obra de Bernhard. Qué país se nos está quedando. Uno donde alguna gente permita hacer a determinados particulares partícipes de graves delitos negando a la otra parte el derecho a la defensa. Imaginemos que el padre de Pepita tiene un taller. Imaginemos que escribo sobre el padre de Pepita, acusándolo de desactivar de forma deliberada los frenos de cuatro vehículos que terminarán siniestrados, con dos resultados de muerte. Yo puedo escribir sobre ello, no cabe duda. ¿Debo responder sobre mis palabras acerca del padre de Pepita? Será que solo me debo al lector. Antes de escribir Los juristas, Hochhuth llevó al teatro una obra titulada Soldados: en ella, Hochhuth hace a Churchill partícipe de un complot para eliminar al héroe de la resistencia polaca, Wladyslaw Sikorski, en su vuelo desde Gibraltar el 4 de julio de 1943. El único superviviente del accidente, el piloto del avión, Eduard Prchal, demandará al dramaturgo y ganará la causa, debiendo pagar Hochhuth al injuriado la cantidad de 50 mil libras. Para no hacerlo, el dramaturgo nunca pisará Gran Bretaña.

El pasado año, Krystian Lupa llevó la obra de Bernhard a Barcelona; su estreno mundial tuvo lugar en Madrid en 1994. Quizás el Teatro Kamikaze desee retomarla. No sé cómo se estará quedando el país; el periodismo, a veces, únicamente para los aficionados al teatro.

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Burgos terrorífico

 

Si yo dijera “vuelvo a la ciudad donde nací”, me estaría refiriendo a San Sebastián. No sé si mi madre recordará la habitación del hospital Nuestra Señora de Aranzazu, pese a tener que visitarlo diariamente durante meses mientras yo me recuperaba de un parto prematuro, un feto con toxoplasmosis. Nuestra estancia allí se acabó la madrugada en la que, regresando del hospital, dos pistoleros dispararon contra mi padre, sin llegar a alcanzarle, a la entrada del portal. El motivo: ser policía nacional en la aduana. Por razones de seguridad, mi hermano iba al colegio en Francia cada día —aún conservamos la amistad con dos profesores, Mariángeles y Plácido, matrimonio de religiosos secularizados—; si alguien preguntaba acerca de a qué se dedicaba, mi padre regentaba un quiosco. Horas después de aquello lo destinaban a Cádiz. Al mediodía, estábamos en Castellar de la Frontera. Si yo dijera “vuelvo a la ciudad donde crecí”, estaría refiriéndome al Puerto de Santa María, Chiclana o Jerez.

“Me digo que la piel de los extranjeros acaba convertida en abrigo. Y que la piel de los que nacieron allí se transforma un día u otro en bandera nacional”, dice Paul B. Preciado en las páginas del diario Ara. No sé dónde quedará la redacción, quizás cerca de donde aquellos chicos quemaban en septiembre fotos de los miembros del Tribunal Constitucional, a lo mejor junto al Museu Nacional d’Art, no lejos, pudiera ser, de alguna peletería. Quizás cerca pueda encontrarse una de esas pancartas sobre defender la soberanía junto a alguna bandera en algún balcón.

Es duro perder a un padre, la imagen de él detenida para siempre en el papel del álbum de fotografías. Eso es lo aterrador, incluso para malos hijos como Paul o como yo. En el 83, mi padre llevaba una frondosa barba, cosa que no le he vuelto a ver en mi vida. No voy a hablar de las maneras de perder a un padre. Hablemos de los hijos. Dice Paul que en Burgos, esa ciudad de Castilla, tener un hijo maricón es peor que tener a un hijo muerto: puede preguntar a los 66 heridos del atentado contra la casa cuartel de la ciudad sobre sus preferencias sexuales.

Alegrías de Savater

 

 

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“En la foto está muy serio, pero casi siempre sonreía, al menos cuando yo le acompañaba”.

 

 

Escribe Savater en su columna en El País: “2017 nos deja dos decepciones y dos alegrones; bueno tres, Pablo Iglesias sigue en caída libre”. Es constatable, empíricamente verificable, que sobrevuela el escepticismo en torno a la figura del líder político y su palabra y discurso. Cioran lo describiría como un ejercicio de desfascinación por parte del electorado. Cabe recordar que la etimología del verbo “fascinar” nos remite al sustantivo latino fascinum, que significa tanto hechizo o encantamiento como pene o verga. Podemos y el cipotudismo muy mal entendido, atiendan a las emanaciones de Abreu. En la antigua Roma era común que los niños portaran colgados del cuello amuletos con forma de falo con el fin de protegerlos del temido mal de ojo. La representación del miembro viril evocaba seguridad, confianza, más incluso: menciónese el relieve de una gran polla grabada en una panadería de Pompeya junto a la leyenda hic habitat felicitas. La felicidad en tiempos del imperio. Adorno señala en Minima moralia: “del evangelio de la alegría de vivir a la instalación de mataderos humanos hay un camino recto”, pero si acaso de esto ya hablamos en otro momento. El pasado día de Navidad la sueca Carolina Falkholt decoró la fachada de un edificio de 15 metros de alto en Nueva York con la figura de un falo erecto. With my pussy vision I see through your talk, señalaba la autora en una red social. A Savater con Iglesias le sucede, digamos, algo parecido.

De qué hablamos cuando hablamos de Lou Reed

 

 

Two years ago today I was arrested on Christmas Eve

LOU REED, “New Sensations”

 

 

new sensations

 

 

Podría asociar a Lou Reed en forma y fondo con la poesía de Delmore Schwartz, con Shakespeare y Edgar Allan Poe, con los antipáticos que no me devuelven el saludo en la calle, con el padre de Miguel colocado de heroína en el salón pequeño de una casa donde siempre olía a pan, con el forzudo que hace yoga en la playa junto al Marbella Club al atardecer o con un puñado de buenos músicos y artistas y punto. O con Pilar. Recuerdo que Pilar se perdió aquel concierto suyo en el Espárrago en el que cayó la de Dios, en aquellos días Reed salía en un videoclip disfrazado de pavo. Me pregunto si una actuación suya podría haberle cambiado la vida a mi amiga. Una palabra tuya bastará para salvarme. Por qué no. Vi a Lou Reed en el Cervantes, una noche fantástica, preciosa, con la luz de la luna un punto anaranjada filtrándose por esos toldos que ponen arriba y abajo de la calle Larios. Fui a sentarme al gallinero: a mi derecha había una chica combinando negro blanco y plátano; a mi izquierda, dos señores algo perjudicados hablando entusiasmados de Paul Auster y Wayne Wang, con vaqueros camisa y jersey. Llevaban el arte por dentro: a la menor ocasión, levantaban el culo de la madera y se contoneaban ufanos y espléndidos, como perrillos que van a salir a la calle. Podría asociar a Lou Reed en forma y fondo con esos dos hombres sudorosos y desarbolados que, sin lugar a dudas, debían de estar pasando una de esas crisis que vienen con la edad. Sin embargo, sea cual fuere la crisis, endógena o exógena, lo cierto es que la llevaban fenomenal.

Manuel Vilas dice de él: “[Su voz] transmite euforia y calor, ganas de vivir, unas fortuitas y luminosas y lúgubres y piadosas ganas de vivir. Tras la Voz, se presiente la vida de alguien que es asimismo el dueño de todas las vidas. Tras la Voz está la ruptura con todas las cosas, con todas las convenciones, con la ley, con el orden, con lo esperable, con lo que se espera de todos los días”. El poeta compara a Reed con un médico, qué más voy a decir yo. A Vilas, que a finales de septiembre decía de Puigdemont que había acabado con la izquierda independentista o no en Cataluña, consiguiendo como poco que la primera se inflamara de patrioterismo y demás basura, hay que darle al menos el beneficio la duda, del buen análisis y el acierto. Me he puesto hace un rato su New Sensations, de 1984. Para entonces, el músico había dejado en parte las drogas y la bebida —sigo sin tener muy claro el papel que jugaron ambas en su obra, realmente— y ya se sabe qué suele pasar cuando uno encuentra la Paz a cierta edad, que se va a vivir al campo o se compra una motocicleta. Reed optó por pillar una Kawasaki: I took my GPz out for a ride / the engine felt good between my thighs, canta en la canción que da título al álbum. El de Brooklyn fue siempre de rima que podríamos calificar como gloriafuertesca, casi podría imaginarse uno a Millán Salcedo en el papel. De figuración sencilla y visual. No es de extrañar que en aquel mismo año pudieran los estadounidenses encontrarse al bueno de Lou en la televisión anunciando una scooter de Honda a ritmo de “Take a Walk on the Wild Side”, pero sin letra con coristas negras o referencias a felaciones. Tan solo Nueva York, dos acordes, su presencia, cuero negro y gafas oscuras, la motillo y una frase: Hey! don’t settle for walkin’. El tercer tema del disco se llama “My Red Joystick”, una metáfora estupenda: puedes llevártelo todo, pero déjame mi joystick rojo. Todo un visionario de este tiempo en que cualquier ruptura parece más llevadera con una PlayStation en casa. En realidad, por supuesto, todo esto no es más que una metáfora sobre el pene —no symbolism, please, dice al presentar la canción en un concierto en el Capitol— pero en cualquier caso hay un disfrute, un placer. Faltan aún diez años para que Green Day digan eso de when masturbation’s lost its fun, you’re fucking lonely. El punk suele tener estas cosasEn mi casa entró un Amstrad CPC 6128 en el 85 y desde entonces no se ha dejado de jugar, esa es la verdad. El álbum termina con una visita a los recreativos en “The Great Defender (Down at the Arcade)”: The president called to give me the news / I’ve been awarded the Nobel Prize in rhythm and blues. Para mí se lo mereció mucho más que un Dylan al que copió a mansalva.

Como si de un disco conceptual se tratara, las letras quedan ligadas alrededor de una misma historia a través de los videoclips. “I Love You, Suzanne”, por ejemplo, comienza con Reed llamando por la noche desde una cabina a una chica con aires más parecidos a Edie Sedgwick que a los de la Somers que fue portada de PlayBoy en diciembre de aquel año. Quién sabe. De él es también aquella letra: I used to look at women in the magazines / I know it was sexist, but I was on the sly / I couldn’t keep my hands off women / And I won’t till I die. Todo un escándalo en esta modernidad nuestra. Pero volvamos con Suzanne. A través de una especie de matrimoniadas hecho a golpe de flashback, vemos que la relación que Reed y ella mantenían no era del todo perfecta: él podía ser divertido, pero también plomizo. El equilibrio en la pareja se rompe definitivamente una noche en la que salen de fiesta y Reed no está por la labor de bailar. Tras un periodo relativamente corto en el que ocupar el tiempo en fumar cigarrillos, pasear en moto y reflexionar, él se decide a recuperarla. No obstante, resulta innegable la atracción entre los dos. Llega la llamada telefónica: you broke my heart and you made me cry / you said I couldn’t dance / but now I’m back to let you know / that I can really make romance. Y bien que lo demuestra. Quien desee saber de qué maneras se movían aquellos dos hombres en el Cervantes no tiene más que ver el vídeo.

Nunca he comprendido del todo a los que se empeñan en desprestigiar este tipo de discos. “Un intento de salir en la radio y en la MTV”. Pues sí.  Además, cómo se le ocurría a Reed andar por ahí comprándose motos y echando monedas en los recreativos. Este verano vi a Devendra Banhart y me encantó; hace unos meses leí una vieja entrevista en la que se le preguntaba qué es lo peor que le habían dicho desde que estaba en el mundo de la música, y él respondía airado que le molestaba que le llamaran rico. “Yo no tengo dinero”. Bueno. Y Reed flirteando, además, con la que se nos venía encima. Si continúa la política de Reagan, Estados Unidos podría verse ante una guerra nuclear fue el título de un influyente ensayo publicado en 1983 por W. Averell Harriman, exasesor de la Casa Blanca. En noviembre del siguiente año, el republicano saldría reelegido. Cinco años más tarde llegará Bush padre a la presidencia, y New York a las estanterías de discos. Fue Reed un artista relativamente prolífico.

Para mí Lou Reed es un poco todo esto. Rock y poesía y algún bailoteo, tres cosas con un punto lúdico, hedonista, alegre, balsámico —la medicina de Vilas—.  Empieza así el músico en “Turn to Me”: if you gave up major vices / you’re between a hard place and a wall / and your car breaks down in traffic on the street / Remember, I’m the one who loves you / you can always give me a call / Turn to me, turn to me, turn to me. El Madrid ha perdido, y no sé qué de Puigdemont, y el microondas estropeado, dice Estefanía. Y puede que eso no sea todo, puede que cosas aún peores. Así que, buenos son estos cobijos.

 

No sé qué interés puede tener lo que diga yo sobre Les Arts

Mon oreille avide d’entendre

Les notes d’or de sa voix tendre

PAUL VERLAINE, La bonne chanson, XI

 

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“Es Palau de Les Arts, no dice Palau de la ópera. Es Palau de Les Arts”, enfatizaba el secretario autonómico Albert Girona en su comparecencia. Lo cierto es que, echando un vistazo a la programación del coliseo valenciano, no veo motivos para la queja: representaciones del Don Carlo de Verdi comparten escenario con cantajuegos o actuaciones de Pastora Soler. Parece paralela a la del Teatro Cervantes de Málaga, por el que desfilarán los próximos meses Raúl Tejón y su adaptación de Tres hermanas de Chéjov, la voz de Pasión Vega y el mismo Verdi, esta vez con Rigoletto. Desconozco quién está al frente de la institución malagueña, pero pudiera ser un rey mago que hará todo lo posible por traer por Navidad un par de entradas para mi madre, aunque ella, más que al duque de Mantua, preferiría que le dejaran en el sofá del salón a Pavarotti, del que ha estado toda la vida profundamente innamorata. La entrada más barata sale por veinte euros.

En el siglo XIX, la ópera se convirtió en una de esas expresiones artísticas capaces de provocar un diálogo entre el poder y el espectador. La alta burguesía iba haciéndose dueña de los palcos que la antigua aristocracia dejaba de poder costear, y en el gallinero las clases menos pudientes se agolpaban manchándose la ropa con la cera de las velas hasta la llegada de la iluminación eléctrica. Para nosotros, la ópera no es más que un escenario donde el inconsciente posee libertad para la expresión y el goce por el que han pasado de Mozart a Brecht, aunque al segundo más de un consejero se lo imagine en realidad subido a un tanque. Una expresión musical, además, que se deja sentir con intensidad en otras artes como la pintura o el cine. El gran público quizás no esté familiarizado con los pormenores de la historia de pasiones desaforadas que es Cavalleria rusticana de Verga y Mascagni, pero quizás lo esté con su intermezzo: el apacible segmento de la ópera da paso a una pelea a navajazos y una trágica muerte en la Pascua de un pequeño pueblo siciliano, pero también al derrumbe personal de un magnífico boxeador, al grito sordo del padre en la desgracia de la que intentaba huir pero que él mismo ha provocado, o a la despedida de un samurai errante con una cicatriz en forma de cruz en la mejilla que, habiendo encontrado finalmente un hogar, acechado por su pasado se ve obligado a abandonarlo. Para muchos, no hay más que dos motivos en el arte: la muerte y el viaje. No importa lo que se programe. En la obra de Mascagni encontramos mucho de lo uno; el resto es labor del inconsciente. Sin embargo, admite esta palabra una segunda acepción que lo dificulta todo.

“¿Alguien entiende que hablamos de arte y cultura?”, preguntaba Davide Livermore en la rueda de prensa en la que anunciaba su cese como intendente del Palau. Al frente de estos organismos se suelen situar dos tipos de personas, o bien el jefe de obra de un edificio que él mismo ayudará a derribar, o el comisario político de uniforme y soflama. “[El Palau] abarca muchas más cosas, es un espacio absolutamente abierto en el que participarán más disciplinas y lo entendemos como un espacio global y su función será desarrollar todas las artes valencianas”. Laura se siente aterrorizada al comprobar que uno de los puntos del programa electoral de Rajoy Division amenaza con cumplirse, “elevando la parodia, al final, el nivel de excelencia que había alcanzado Les Arts, destronado por Ximo Bayo”.

Girona no ha encontrado tiempo para leer, de nuevo por aquí, a Félix Romeo en aquel maravilloso texto, “Todos los escritores del mundo son aragoneses”. Para mí, el valenciano del año se llama George Prêtre. Siempre consigue arrancarme una lágrima con sus manos, su rostro, su expresión, su interpretación, aquí. Esa manera de conmover(se). Nos dejó el pasado enero, no sé yo cuántas vidas llegaría a vivir este hombre. Estoy convencido de que conocía Prêtre la realidad de aquí.

No voy a entrar ahora en otros sentimentalismos, y mucho menos meterme en distinciones del arte como tekné o como poiesis. A Girona, quien dijera en su comparecencia eso de “no sé qué interés puede tener lo que diga [Plácido Domingo] sobre Les Arts”, le diría que quizás viendo al director francés, al tenor español y al propio Livermore pueda, si pone de su parte, ampliar sus horizontes culturales y vitales, quizás retomar una cierta sensibilidad que parece perdida. Sobre lo del conocimiento del País, solo puedo decirle que entre aria y aria, a mi madre le sale fenomenal la paella.

 

“Mamarrachos”

 

Por esas cosas de la memoria histórica asocio a la muerte de Pinochet mi primera lectura del famoso poema de Benedetti “Obituario con hurras”: murió el cretino / vamos a festejarlo / a no ponernos tibios / a no creer que este / es un muerto cualquiera / vamos a festejarlo / a no volvernos flojos / a no olvidar que este / es un muerto de mierda. Lo busco en la revista digital Rebelión que seguía entonces, cuando era aún un estudiante de la facultad de Derecho, y descubro que está fechado el 10 de junio de 2004; miro en los periódicos: aquel día nos dejó Ray Charles. En realidad, la revista dirigía la diatriba a Ronald Reagan, fallecido tan solo cinco días antes, como el mismo escritor aclarara en el siguiente enlace. Vamos a festejarlo (…) / los que quieren a alguien / los que nunca se olvidan. Por esas cosas de la vida, me quedé con las palabras y me olvidé del cuerpo.

Al contrario que Benedetti, Darren Hayman, líder de la banda Hefner, no dio pie a la confusión: su “The Day that Thatcher Dies” resulta inequívoca: el día que muera Thatcher / reiremos / aunque sepamos que no está bien / pasaremos la noche cantando y bailando. La telecaster sucia de Hayman siempre sonó bien en directo, y aún más en este en la BBC, en los estudios del gran John Peel, acompañado en las voces por Amelia Fletcher, líder de un puñado de grupos memorables e icono del indie hecho en las islas. Economista de carrera, Fletcher ocupa ahora un cargo en una autoridad estatal financiera, la reguladora FCA. Ding, dong, la malvada bruja ha muerto. El álbum We Love the City se reeditó en 2009: para entonces, Thatcher sufría una avanzada demencia y ni siquiera podía recordar la muerte de su esposo. Menos aún, supongo, la penúltima canción del disco de una banda que, pese a su influencia e impronta, nunca vendió demasiado.

De Pinochet a Reagan y Thatcher median, al menos, unas elecciones democráticas. Manuel Marín fue elegido diputado por la provincia de Ciudad Real en las primeras elecciones democráticas en España en junio de 1977. Falleció ayer, víctima de un cáncer; hoy, todos los periódicos le dedican obituarios ejemplares, algunos incluso hermosos. Desde el PSOE, partido en el que militase sin perder de vista que el objetivo último y aún no alcanzado en esta etapa es, quizás, la superación de la supremacía del aparato, le dedican grandes palabras: “un referente del socialismo español”. El Partido Popular mostró a través de las redes sus condolencias: “Nuestro pésame y cariño a los familiares y amigos de Manuel Marín, que fue presidente del Congreso y gran impulsor de la adhesión de España a la Unión Europea”. Juncker, en el mismo medio: “Muy triste por la muerte de mi amigo Manuel Marín, excomisario español y padre del programa Erasmus. Un referente de la vocación europea de España. Un honor para mi haber compartido con él el honoris causa de la Universidad de Salamanca. Mi más sentido pésame a su familia”. Ciudadanos: “Manuel Marín pasará a la historia por ser una figura clave que facilitó el camino en Europa”. A disposición del lector queda en no pocos medios su labor al frente de las instituciones de las que formó parte. En lo personal, sabemos que, además de amigos y compañeros, deja mujer y dos hijas. Todos resaltan la ejemplaridad de la persona que nos deja. En estas declaraciones encuentro al Félix Romeo del que hablaba ayer.

Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, escribe: “Marín trabajó por causas tan importantes como la incorporación de España a la Unión Europea y la lucha contra el cambio climático. Un abrazo a los familiares y amigos que sufren su pérdida”. Los responsables de la cuenta de Izquierda Unida Madrid Centro comentan, en un intento por manchar su memoria, sin aportar nada más: “Otra causa no menos importante fue la presidencia de la ‘Fundación Iberdrola'”. Una seguidora les pedía, por favor, que dejaran de poner en ridículo a sus propios electores, entre quienes ella misma se cuenta. Hace unos días fallecía un chico en Madrid de quien apenas sabemos que, entre sus aficiones, destacaba el ocio electrónico. Una neumonía mal curada se llevaba la vida de un joven de treinta y un años con problemas de peso y las defensas bajas. Solía analizar los juegos —”muy bien jugados”, como dicen de él sus compañeros— que le gustaban en vídeos que subía a la plataforma YouTube, de forma amateur, exagerada, apasionada. No han faltado en los comentarios insultos e injurias a su vida y su memoria porque prefiriera alguna marca de videojuegos sobre otra.

Un geógrafo bien instruido sería capaz de delimitar el cauce y recorrido de un río de mierda que, si bien no comienza en las poéticas cumbres de Benedetti, hoy viene a desembocar en las oficinas de un partido político en el centro de Madrid, dejándolo todo perdido, incluidas, claro, sus papeletas, y no sé si diera con convocar a las bases para limpiarlo.

Inequívocamente positivos

 

Hará un par de años fui a una charla de Manuel Cruz en La Térmica de Málaga sobre el amor, sentimiento que el escritor reivindicaba como alimento necesario para la vida y un bien a la altura de otros más dados a la literatura filosófica como lo son la justicia o la política. En todo este tema que tanto aburre a Ferlosio hay, intuimos a veces, una ausencia de amor, lo que en palabras de Martha C. Nussbaum se traduce en la falta de respuestas inteligentes a la percepción de valor [de la democracia].

El valor de los muertos en las calles, hay que ser ruin para frivolizar con eso. Andamos como locos buscándonos en La libertad guiando al pueblo de Delacroix sabiendo que es un gran formato en el que cabemos todos, y así, a empujones, resulta sencillo perder la perspectiva. A los moribundos del lienzo, tirados por el suelo, les han robado hasta las medias. A veces confundimos la exégesis de la obra, situándola en los años de la revolución, cuando en realidad corresponde a los días conocidos como les trois glorieuses, tres calurosas jornadas de verano en las que un buen número de ciudadanos de la capital francesa se levantó en armas contra Carlos X. De aquellos días Heinrich Heine escribe: “¡qué bello es el sol! ¡Y qué grande era el pueblo de París!”. Tras una serie de decretos que coartaban la libertad de prensa, de reunión y asociación y la proclamación de la disolución del Parlamento, unas ocho mil personas se lanzaron a las calles para combatir durante tres días contra las tropas reales, unos doce mil soldados, tras abastecerse de mosquetes, sables y pistolas en los museos históricos de la ciudad. Unos días antes, el prefecto de la capital aseguraba al monarca: “haga lo que haga, París no se moverá”. Un buen número de soldados se negó a disparar. Quienes a buen seguro no se movieron aquellos días fueron los opinadores que habían alentado a la sublevación. Ninguno tomó su lugar tras las barricas, esos recipientes rellenos de tierra que constituían la base sobre la que se amontonaban árboles caídos, mesas, armarios y muebles de las casas de los revolucionarios. Cuando el otro día veía en un vídeo a un profesor lamentándose de la ausencia de violencia en las calles, dando a entender que esta hubiera sido la única manera de alcanzar la independencia, pensé que en el momento en que viera a gente sacar decidida las mesitas al carrer, solo entonces habría motivos para la preocupación.

Victor Hugo, emblema de los románticos, no salió a defender sus ideales, pues su mujer estaba en ese mismo momento dando a luz, un parto largo al parecer. Más de nueve meses tardaría en escribir, en honor a lo que consiguiera aquella turba, Los miserables. Delacroix, hijo de un alto funcionario imperial, aunque en realidad ilegítimo del príncipe de Talleyrand, amante de su madre, no parecía entusiasmado con el alzamiento, hasta que vio ondear la bandera tricolor, abandonada en Francia tras la derrota de Napoleón en Waterloo veinte años atrás. “¡Si no he vivido por la patria, al menos pintaré para ella!”. Hoy he pensado en el lamento del pintor al leer una tribuna de Andrea Mármol sobre la normalidad democrática como marco, sobrio y aburrido, en el que investigar y dar rienda a los sentimientos. Ya la hubiera querido Delacroix. “Siento vibrar en mí todas las pasiones”, escribe Baudelaire en su poema “La música”; entonces el poeta tenía tan solo nueve años, y deberá esperar a la próxima revolución, como también lo hará uno de sus comentaristas más representativos, el escritor Hyppolite Taine. Sobre la Francia que ha de seguir, señala: “El Estado tiene un plan: suprimir los grandes destinos, la amplitud de miras, cualquier herencia y cualquier aristocracia, compartirlo todo, producir grandes cantidades de semicultura y semibienestar, conseguir que de quince a veinte millones de personas sean pasablemente felices”. De Taine es también este aforismo: “Existen cuatro tipos de personas en el mundo: los enamorados, los ambiciosos, los observadores y los imbéciles. Los más felices de todos son los imbéciles”.

Uno de los textos más apasionados que he tenido la suerte de leer en los últimos años —gracias, Irene— es Amarillo, de Félix Romeo, sobre el suicidio de su amigo, el también escritor Chusé Izuel, una tarde de 1992 en la que el joven, de tan solo veintiún años, se arrojó a la calle desde el balcón de la calle Borrell de Barcelona en la que vivían. Hasta donde yo sé, la Junta Electoral Central aún no se ha pronunciado sobre el libro. No es una novela, no es una memoria, es otra cosa que Ismael Grasa desde Letras Libres puede contar mucho mejor que yo, porque lo hace muy bien y porque Félix y él fueron compañeros en lo profesional y amigos en lo personal. Romeo parece escribir un cariñoso homenaje y, a la vez, un firme reproche a su amigo, a los cobardes como él que deciden renunciar a la vida, a las otras vidas, incapaces de superar las “particulares tragedias” de las que hablara Andrea Mármol.

Estos días amarillos en Barcelona, en un año de sequías, se echa de menos a Félix Romeo, fallecido en 2011. Daniel Gascón dice de él: ” No hace falta estar siempre de acuerdo para admirarlo, pero releerlo siempre ofrece sus recompensas: está lleno de humor, erudición, inteligencia e intuiciones. El pensamiento de Félix nunca era estático, y no era uno de esos que encabezan su opinión con la declaración un tanto deprimente de ‘Siempre he dicho’. Pero en su manera de ver el mundo, más moral que política, había dos elementos constantes: el rechazo al relativismo cultural y un impulso libertario. Decía a menudo que no quería para los demás algo peor que lo que él tenía. Su defensa de la libertad y la independencia era algo físico, y generaba consecuencias que afrontó”.

Bendita normalidad, Félix Romeo, y su lectura y experiencia como forma de ser, o llegar a ser, “inequívocamente positivos”.